A pesar de las enseñanzas constantes que nos da la vida, las cuales siempre de una u otra manera terminan sorprendiéndonos, nunca voy a dejar de admirarme de lo profundo e intenso que es el amor de una madre por su hijo.

Sé que enamorarse puede hacernos perder la cabeza, pero amar a un hijo es dar voluntariamente nuestra vida entera.

Es dar nuestro corazón con cada uno de sus latidos, que hacen fluir la sangre por nuestro cuerpo.

Es entregar nuestros pensamientos consientes e inconscientes a un ser que cada día cambia molecularmente ante nuestros ojos y que aunque los cambios con el correr de los tiempos se vuelvan realmente evidentes, seguimos viendo como a ese bebe, que estaba en nuestros brazos.

Es descubrir que una lágrima suya puede hacer que nos comportemos de la manera más racional o irracional posible.

Es darnos cuenta que una sonrisa suya transforma el más oscuro de nuestros días en el momento más mágico de nuestra historia.

Descubrimos que por ellos somos capaces de convertirnos en el depredador más peligroso del reino animal si sentimos que están en peligro.

Somos vulnerables a sus besos y sus caricias que con el pasar de los años se van haciendo cada vez más esporádicos y cada vez que nos dicen te quiero creemos que nuestro mundo está completo.

Nos volvemos inseguros y miedosos a cada uno de sus pasos ya que tememos a las adversidades a las cuales nosotros nos hemos enfrentado triunfantes, queremos a toda costa evitarles golpes y caídas, más allá de saber a conciencia que son parte de la vida y que nosotros hemos sabido aceptarlas durante la misma.

Queremos envolverlos en una burbuja protectora más allá de saber que nosotros odiábamos esas actitudes en nuestros padres. Y a su vez les exigimos ser responsables a pesar de que sabemos que las responsabilidades los vuelven maduros y los lleva paso a paso a ser, a su debido tiempo el adulto que ahora somos, mejores o peores que nosotros.

Queremos que eleven vuelo, porque sabemos que es lo que corresponde, aunque su ausencia nos recuerde permanentemente cuánta falta nos hace.

Dicen los autores famosos que los hijos son de la vida... y es cierto ya que nosotros les damos vida, y los convertimos en nuestras vidas.

He querido, he amado y hasta me he enamorado... y fue genial o loco... o doloroso, pero con el tiempo es un amor que merma sin más.

Pero sé que amar como se ama a un hijo es la forma infinita de amar. Es un amor que no merma con el paso de los tiempos sino que se consolida. Es un amor incondicional, único, sin igual.

Es hermoso ser mamá